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PASADO: Como Acapulco no hay dos

Quien diga que no se puede vivir del nombre y de los recuerdos, no conoce el mejor lado de Acapulco. Fue el primer destino turístico de México, la primera playa tropical de Norteamérica, y los especuladores aseguran que está viendo su tercer renacimiento. Pero, al margen de los desarrollos que miran hacia el futuro, en el Acapulco viejo, existe un mundo animado por una nostalgia no sólo feliz, sino altamente contagiosa.

El estrambótico diseñador Esteban Mathison, el responsable de vestir los escotes que mejor adornaron las playas de Acapulco, desde Brigitte Bardot hasta Liza Minelli, está convencido de que lo más sexy que tiene Acapulco es el nombre: “nadie puede competir con ello”, dice, como tratando de explicar por qué la ciudad está teniendo la mayor afluencia de visitantes en treinta años.

La Terminal de Cruceros del puerto vio un incremento del 50 por ciento entre 2003 y 2004, según Roberto Maciel, el gerente de operaciones de la Administración Portuaria de Acapulco. La mayoría de los muchos miles de pasajeros que ve Maciel rondan los 50 y 60 años y “se vuelven locos cuando se enteran que Acapulco está en el itinerario”, asegura. Y los números están creciendo de nuevo.

Pues las etapas de este destino turístico —uno de los primeros del mundo, que precede la Segunda Guerra Mundial y a la industria del turismo masivo— son cíclicas, casi vampirescas.

Desde el punto de vista de la inversión contemporánea, lo normal es que los desarrollos de playa obtengan ganancias durante 20 o 25 años, después de los cuales se les deja desaparecer del mapa: su ecología queda como testamento apocalíptico de la codicia desenfrenada y, sus nombres, como recuerdos pasados de moda. Pero Acapulco, en su amoralidad soleada, trasciende tal cinismo e inmoralidad.

Si los escándalos por la contaminación de la playa siguen siendo relevantes, es precisamente porque la gente sigue deseando venir y nadar en la bahía y en Caleta. Y si los medios de comunicación extranjeros están tan preocupados por el actual conflicto entre los narcotraficantes de Guerrero (que sucede tras bambalinas y afecta al turismo sólo en la medida en que los consulados emiten advertencias negativas), es, primero, porque el nombre de Acapulco sigue conjurando, sigue siendo noticia.

Y luego porque, como destino, está atravesando lo que la mayoría de los veteranos de la promoción del turismo concuerdan en llamar su tercer renacimiento.

¿El próximo South Beach?
La gloria de “La Reina de la Riviera Mexicana”, otro de los sobrenombres de Acapulco en sus días, empezó hace setenta años, con los chalets del hotel Mirador incrustados en los acantilados y el nacimiento del espectáculo mundialmente famoso de los clavadistas de La Quebrada. Para los años cincuenta, la Edad de Oro del cine mexicano, la pintoresca playa de Caleta era una de las más fotografiadas, filmadas y soñadas del continente.

“Todas las estrellas de la pantalla grande venían aquí”, dice Arturo Zúñiga, historiador de los barrios tradicionales del puerto, mientras miramos a las familias mexicanas y a las snowbirds (“aves migratorias”, como se conoce a quienes vienen a pasar el invierno de Canadá) seleccionar un lugar acogedor cerca de las olas.

Con los pies en la arena y el sonido de los martillos como fondo, comemos tamales retacados de cazón en el clásico restaurante de playa La Cabaña. Este barrio anticuado donde los fanáticos del yoga y los corredores salen temprano en la mañana, mientras los parranderos siguen en sus primeras dos horas de sueño, ha redescubierto su gloria desde que se inició su remodelación hace poco menos de dos años.

A cinco minutos a pie, pasando el mercado de souvenirs, los visitantes disfrutan sushi en el hotel Boca Chica, netamente cincuentero. Ahí uno puede refrescarse en una de las tres albercas mejor ubicadas del puerto, echarse al agua desde el pequeño malecón para nadar alrededor de los petroglifos hasta la playa de Caletilla, y hasta ver delfines y ballenas. “Todo parece indicar que podríamos ser el próximo South Beach”, se entusiasma Miguel Muñoz, dueño del relajado hotel retro cuyas reservaciones por internet se han disparado en los últimos meses.

La siguiente parada es el Hotel Flamingos, una construcción color betabel montada sobre el acantilado, que sirvió de morada a la “pandilla” hollywoodense de Johnny “Tarzán” Weissmuller, John Wayne y su escurridizo agente Boo Roos. También hospedó a Cary Grant, Dolores del Río y Errol Flynn y fue convertido en hotel en los años cincuenta, cuando el arquitecto del turismo mexicano, el presidente Miguel Alemán, construyó la Costera.

La actual Costera Miguel Alemán, que bordea la bahía, se volvió la Zona Dorada, tapizada de inmensas torres de hoteles y condominios; de bares, restaurantes y discotecas que hoy se desbordan de jóvenes apenas vestidos que ríen a carcajadas: el pasado abril, Acapulco recibió el mayor número de spring breakers de su historia y sus hoteles tuvieron la ocupación de Semana Santa más alta desde que se creó Cancún en 1975.

El destrampe sesentero, calibre internacional
Mientras que el swing de los años sesenta comenzaba a contagiar hasta a los mexicanos mejor portados, Acapulco pasó de los bikinis de lunares, los daiquiris y los Thunderbirds a la diversión estrambótica ilícita bajo el sol.

“¿Sabe quién hizo Acapulco?”, me retó el historiador Bejamín Hurtado del Centro de Investigación e Información Histórica de Acapulco (ciiha) y, antes de que pudiera responderle, me dijo: “Fue Castro”.

Y la verdad es que tiene su punto; aun si Acapulco ya había visto su primer boom de turismo y bienes raíces antes de la Revolución Cubana, el año de 1958 borró a La Habana del mapa como destino de vacaciones de los ricos y famosos y Acapulco se dispuso gustoso a guiñar el ojo y levantarse las faldas.

Cualquiera que “fuese alguien” tenía que ser visto aquí: el retumbante Orson Wells, Liz Taylor de novia, los Kennedy en su luna de miel, el Sha de Irán y los grandes astronautas americanos. Incluso el excéntrico productor de cine Howard Hughes buscó refugio en el Hotel Princess durante las últimas semanas de su vida.

Para la década de los setenta, las discos y placeres ilícitos de Acapulco ya llamaban la atención, incluso medidos con estándares internacionales, como Armando’s Le Club, el Tequila A-Go-Go (regentado, o al menos resguardado en la puerta, por el legendario clavadista de La Quebrada, Raúl “Chupetas” García), y el audaz Boccaccio’s. Las fiestas privadas en ostentosas mansiones con vista a la bahía, con sus machos temerarios y sus ninfómanas siempre bien dispuestas —todos bien cargados de lana y también de sustancias sospechosas— ya pasaron a los anales de la historia como las orgías más memorables del jet set —y de los wannabes que querían ser como ellos.

Los lugares para salir estos días son la discoteca Baby’O, “el baby” (www.babyo.com.mx) y Disco Beach en la Zona Dorada y, un poco más sofisticados, el Mandara (www.acapulcomandara.com) y el restaurante-bar-lounge Zuntra, en el área de Las Brisas. El selecto table dance Tavares es una especie de pionero en México de este tipo de antros, y la plenitud de opciones más turbias no tienen cabida en un reporte de este tipo.

Pero algunos restaurantes y hoteles clave mantienen viva la memorabilia. Éstos incluyen La Perla (dentro del Hotel Mirador) con su Salón de la Fama, Flamingos con sus nostálgicas fotografías de Tarzán en el lobby, y un museo para las estrellas de la pantalla grande en el elegante hotel Villa Vera (Lomas del Mar 35; T. (744) 484 0333), un monumento al espíritu de los años sesenta que ostenta el primer bar de alberca topless del mundo.

Después de la picada
Pero hace apenas tres años, costaba trabajo encontrarle a Acapulco esta astuta coquetería. Unos decían que era deslumbrante, pero para otros no era más que un basurero, y ambos tenían razón.

En el “Tianguis Turístico 2004”, la feria de turismo más importante de América Latina, que tiene lugar cada primavera en Acapulco, conocí a una periodista británica en su primera visita a México. Tenía que escribir un artículo sobre la ciudad, y su pesquisa le dio un giro fresco a un viejo problema.

En Inglaterra Acapulco aún tiene la reputación de ser de algún modo glamoroso y exótico