En La Quebrada, los clavados como pretexto de una ejemplar fraternidad internacional

Lo que presenciamos los que estuvimos en La Quebrada la mañana de ayer fue no sólo el renacimiento de una tradición que ha dado mucho renombre a Acapulco y a la República Mexicana. También vimos mucho valor y trabajo de nuestros clavadistas de La Quebrada, y un muy bienvenido entusiasmo y buena voluntad de parte de los 16 competidores y cuatro jueces internacionales.
Bajo el cielo perfectamente azul de Acapulco, La Quebrada era como un estadio deportivo lleno de globos amarillos, micrófonos y una actividad como hormiguero.
“Bien, pues un poco nerviosito,” me dijo entre serio y asustado Genaro Sánchez, competidor de parte de los acapulqueños, cuando le pregunté en las escaleras de La Quebrada cómo estaba una hora antes de que empezara el espectáculo.
Todos reaccionamos de una manera diferente con el estrés. Su pareja en el clavado sincronizado, Martín Sanchez, hijo del clavadista veterano, y tres veces campeón internacional Ignacio El Borrego Sánchez, estaba todo sonrisa como anfitrión en su casa. Saludó con entusiasmo al campeón internacional Orlando Duque, de Colombia, para regalarle la camiseta del campeonato.
Le deseó a Orlando todo lo mejor, y en el clavado sincronizado, casi lo mejor, le dijo: “Te deseo el segundo (lugar)”, bromeó Martín, mientras el colombiano, de 32 años, que empezó a tirarse a los 10 años, se rió, y le dio las gracias.
“Todos entendemos que para saltar de este alcantilado (whatever dive you do / cualquier clavado que hagas) requiere mucha valentía”, luego me comentó Orlando. “Yo no puedo hacer lo que hacen”.
Lo que sí hacen los invitados, de países tan lejanos como Ucrania y Marruecos, y también de cerca como Estados Unidos y Canadá, es un espectáculo impresionante que más nos recuerda al circo, con muchas marometas y vueltas. Dos de los clavadistas veteranos extranjeros –uno aquí esta vez como juez y el otro todavía compitiendo– tienen negocios en América del Norte, que incluyen temerarios entrenamientos de dobles para las películas de Universal Studios, por ejemplo para tirarse con flamas, y la organización de espectáculos para ferias.
Otro, un francés guapo con pelo rubio parado como después de un electroshock que se llama Alain Loret, ha trabajado en varios deportes extremos y además es payaso profesional. “Y amante también”, me dice, mientras firma autógrafos en los pantalones de algunas chicas de La Mira, un barrio de Acapulco, mostrando que no son nada más nuestros acapulqueños a los que les gusta coquetear como parte del show.
Pero lo primero que se nota es que los competidores internacionales casi siempre caen parados, no de cabeza como es la tradición de La Quebrada. Sin duda alguna, la tradición aquí es más peligrosa –nada más caer de cabeza de una altura de 35 metros implica impactos a los ojos, las orejas, los hombros y la columna, que pueden causar una parálisis parcial o hasta la muerte.
Pero esta no es la única diferencia. Lo que tiene la tradición de La Quebrada que no tiene ningún otro espectáculo de clavados, o campeonato de clavados en el mundo, es la inclinación de la roca misma. Los extranjeros normalmente se tiran de torres o plataformas construidas específicamente. Su clavado es siempre vertical. Aquí tienen que hacer un impulso de entre 5 y 7 metros –dependiendo de la parte de donde se tira– para librar las rocas.
“It’s the fucking scariest thing I’ve ever done in my life” (“Es la cosa que más pinche miedo me ha dado en mi vida”**), dijo Bobby de Canadá, todavía temblando una hora después de tirarse de 18 metros. “¡Y todavía no me he tirado desde arriba!”, agregó. Al final, Bobby, quien hace clavados de triple marometa desde una torre de 30 metros en el parque Six Flags en Montreal, lo hizo muy bien. Todos de hecho mostraron gracia, valentía y creatividad, lo mismo en las sesiones de práctica que en el campeonato. Era una sorpresa y un privilegio ver ese arte único que ellos hacen con sus cuerpos, como trapecistas en el vacío.
El jueves, cuando estaban practicando los invitados, entre las llegadas de los turistas que venían de dos cruceros, vi a los clavadistas tradicionales de aquí observando con curiosidad desde la taquilla. De repente se me ocurrió que este escándalo de gringos, ¡como yo!, con sus voces fuertes, sus cuerpazos, sus latas de Coca Cola, sus toallas de colores y cámaras amontonadas al lado de los dos altares a La Virgen de Guadalupe, era un poco como una invasión. Aprecié la generosidad de los clavadistas de Acapulco que comparten su lugar sagrado con estos extranjeros acróbatas y talentosos, con el riesgo de que otros locochones de afuera vayan a sobresalir en algo que es su terreno, su vida, su orgullo y su identidad.
No hay duda del valor de los clavadistas de La Quebrada que arriesgan sus vidas a diario para uno de los espectáculos turísticos más famosos del mundo, pero en ese momento aprendí de otro valor, que es el de la generosidad. Vi al joven y talentoso clavadista Fernando Ontiveros, de 18 años, y le pregunté cómo se sentía con todo esto. “Asombrado”, dijo. “Estos güeyes nos superan por mucho”, lamentó. Pero es diferente, le dije. “Es la verdad”, reconoció, “nosotros tendríamos miedo para hacer lo que están haciendo, pero ellos tendrían miedo de entrar con la cabeza”.
El único que entró con la cabeza primero con frecuencia en la práctica era el juez Bill Gollitz, aquí por tercera vez. “There is something magic about those rocks. Soy aficionado de La Quebrada. I love it, I need to be here”, dice Bill.
Ese aprecio y admiración para los clavadistas de La Quebrada está muy presente entre los extranjeros. La verdad es que el campeonato fue organizado tan al último momento, que algunos competidores apenas hace dos semanas supieron que se iba a realizar. Yves Milord, de Canadá, veterano de tres campeonatos anteriores en Acapulco, estaba trabajando en Arabia Saudita hace 15 días cuando lo invitaron, y movió todo para ver de nuevo a sus amigos de La Quebrada. Así el mero hecho de que cambiaron todos sus planes para estar aquí demuestra el interés que tienen en participar y poder decir: “Yo estuve con los clavadistas de Acapulco, y yo me tiré de La Quebrada”.
Para mí como escritora, ayer hubo dos momentos muy importantes desde el punto de vista de la historia y de la fraternidad internacional que se está fomentado en La Quebrada.
El primero fue la reunión de Yves Milord de nuevo con los clavadistas veteranos Mónico Ramírez –padre de Jorge Mónico Ramirez, ahora el presidente de la Asociación de Clavadistas– y Juan Don Peque Obregón, mostrando las fotos que se tomaron juntos hace 20 años.
“Lo bonito de aquí es la amistad que se hace”, dice Juan El Peque, quien ha visto alrededor de 25 campeonatos en La Quebrada, ha participado en nueve y ganado primer lugar dos veces, en 1981 y 1983. “Más que un torneo, es reconocer y apreciar a los que vienen de afuera. Somos hermanos del mismo gusto”, dice.
El segundo momento importante fue la visita de don Apolinar Chávez, el clavadista de La Quebrada más grande a sus 84 años, con su señora doña María, dos de sus hijas y dos de sus nietas, para ver el campeonato. Don Apolinar se vistió con una camisa muy elegante y aunque se ha quedado casi ciego con todos los impactos en el agua, trajo su álbum de fotos por si acaso a alguien le interesaba.
Corrí a presentarle primero con Steve Black, el clavadista más famoso de Australia, a Cyrille, un clavadista elegantísimo de Francia, a Bob Brown, a Yves, y luego vinieron los demás competidores, fascinados y honrados por conocer a un señor que se tiró de La Quebrada en 1940. Todos querrían una foto con don Apolinar, y el clavadista veterano –quien además es un excelente cantante– se sorprendió que le consideraban importante. “¡Pero cómo no! Es un honor conocerle”, le dijeron muy sinceramente, casi con lágrimas en los ojos los extranjeros.
“Para don Trampo esto significa que todavía esta vivo”, me comentó don Peque después. “Aquí es revivir. Cuando regresas y te saludan, después de tantos años, te regresa el ánimo”.