Clavadistas A-Go-Go: los romeos del puerto de Acapulco

Por Barbara Kastelein
Traducción de Jessica Juárez

I. Tendida en mi cama en los cálidos brazos de la Reina de la Riviera Mexicana, me desperté sin la alarma a las 7:25 am con un pensamiento en la mente: reunirme con un clavadista que me había invitado a verlo practicar en La Quebrada, en una hora y cuarto.

La noche anterior, bajo la influencia de las estrellas, la cerveza, los aplausos y su sonrisa, le dije que sí, que ahí estaría. Luego lo pensé mejor e hice otros planes.

Pero mientras el sol entraba en mi cuarto del Malibu, un excéntrico hotel un poco más joven que yo, me di cuenta de que estaba muy despierta y no quería perder la oportunidad.

Le regateé a un taxista para que me cobrara 6 dólares y no 8 por el recorrido de 20 minutos a lo largo de la costera hasta La Quebrada. Mientras avanzábamos traqueteándonos, me pregunté cuántas mujeres, incluso cientos, habrían estado en mi lugar ¾halagadas por las atenciones y la invitación personal de uno de los valientes clavadistas, el gran icono de Acapulco.

Los clavadistas, de piel oscura, musculosos y jóvenes, son como antiguos personajes míticos, del tipo de Ícaro y Dédalo pero sin las alas mágicas. Por más de 70 años, han representado una y otra vez un aterrador ritual en el que nadan a través de un estrecho canal del jadeante Pacífico, escalan una superficie de roca casi vertical, ofrecen su vida en el altar de su patrona la Virgen de Guadalupe, y luego se lanzan por un oscuro túnel en una escarpada piedra a las hirvientes entrañas del mar.

Salen a la superficie victoriosos, y emergen triunfantes entre los aplausos de la multitud para que les tomen fotos, les den la mano, les palmeen la espalda y los feliciten, con la piel desnuda húmeda, morena, brillante y salada, y el pelo negro resplandeciente de gotas del océano.

Es una extraña penitencia, que volverá a repetirse en una hora ¾como Sísifo, su trabajo nunca está terminado¾, en los cinco espectáculos diarios, cada día del año. Sin embargo, cada vez son héroes para miles de pares de ojos y sus sonrisas de dientes blancos muestran su orgullo.

¿Qué mujer no estaría interesada en un poco de eso? O al menos curiosa. Especialmente una extranjera que se soltó el pelo en uno de los rincones del mundo mejor conocidos para entregarse a la bacanal y a la diversión ilícita durante toda la noche.

II.

“Tarzán vivió y murió aquí”, me dijo Ignacio Sánchez una calurosa noche de noviembre en la taquería La Quebrada.

El sitio, barato y bien alumbrado, frecuentado por taxistas y locales está a un tiro de piedra de la taquilla de boletos donde se pagan 3.5 dólares por ver a los clavadistas, un precio que incluye un refresco.

“¿Sabes que aquí filmaron Tarzán y las sirenas en los cuarenta, con Johnny Weismuller?”, pregunta, probándome. A esta extranjera que estaba intentando meter las narices en su propio pasado célebre.

Ignacio, conocido como Nacho, es un clavadista veterano que inició su carrera en 1961 a la edad de 12 años. Era demasiado joven para estar presente en la filmación de 1947 de Tarzán, pero conoce la leyenda.

“Roberto Ramírez, uno de los clavadistas de esos días, retó a Tarzán a tirarse un clavado, pero Weismuller dijo ‘No soy clavadista, soy nadador’. Así que se corrió el rumor ¾Acapulco era un pueblo pequeño en esos días¾, y un tipo, José Estrada se llamaba, lo retó a nadar del malecón a la base naval. Y ganó Tarzán.”

Nacho sonríe aprobatoriamente, como si el triunfo de la estrella extranjera también fuera suyo.

“Ganó por mucho. Era un hombre alto, ya sabes. Tenía brazos de remo.”

El clavadista profesional, en cambio, es peso pluma y de huesos finos, con una espesa capa de pelo chino y blanco en la cabeza, postura erguida y mirada severa. Se ha fracturado las muñecas cuatro veces por el impacto, se ha perforado el tambor del oído una vez y dice que su vocación por el clavadismo le ha dado como resultado cierta debilidad de la columna.

Nacho recuerda que, a pesar de vivir aquí, Weismuller no hablaba español. Claramente no le importa.

“Era simpático”, recuerda Nacho.

Tiene cuidado de esbozar la versión de la asociación de clavadistas de un espectáculo que aún es, junto con el sorprendente azul de la bahía, la gran imagen de Acapulco para todos los fines de promoción turística.

Es una historia de la que se han apropiado y manoseado en repetidas ocasiones los empresarios, hoteleros y las mentiras de los creadores de mitos turísticos. Pero una vez que escuché los hechos importantes, Nacho me complace con uno que otro chisme.

“Errol Flynn solía andar con los clavadistas. Y Frank Sinatra tenía una casa cerca. Venía con sus guardaespaldas, y la televisión mexicana lo criticaba porque siempre estaba regalando dinero. Cuando la gente supo que estaba cenando aquí en el Mirador, se formaban afuera porque sabían que saldría repartiendo dólares.”

Nacho, que me dice con tono digno que hoy en día un clavadista debe ganar entre 300 y 800 dólares a la quincena, se las arregla para explicar que lo considera inapropiado, aunque sea completamente normal.

Me doy cuenta de que ya era clavadista a los 14 años, cuando se hizo la película de Elvis Presley, Fun in Acapulco.

–¿Qué recuerdas de Elvis?

El acapulqueño me lanza una oscura mirada.

“Presley ni siquiera puso nunca el pie aquí”, asegura con desprecio Nacho.

El clavadista retirado se mueve incómodo en su asiento, una silla barata de metal, y mira de reojo al personal que conversa relajadamente. No está seguro de que deba decírmelo.

“Si no es impropio decirlo, dicen que una vez comentó que prefería estar con un perro de la calle que con una mujer mexicana.”

Sé que la sonrisa que se me quiere salir es inapropiada, y empujo lo poco que queda de los sabrosos cinco tacos al pastor de 2 dólares en mi plato.

“…Así que ya entiende por qué no era bienvenido en México. Y la actriz de esa película, Elsa Cárdenas, ¡era mexicana!”

III.

La noche siguiente, “El Profe” Toño está platicando con los taxistas en la plaza La Quebrada.

“Ellos saben que soy un desastre”, dice orgulloso mientras se pavonea a mi lado con su camisa roja de satín. “Soy un desmadre, ¿sabes qué es eso, verdad?”

Este clavadista veterano ¾que no me dice su edad en la primera cita¾ entra y sale de la imagen rosa de su pasado que conjura, la época de oro de Acapulco en los sesentas.

Su carrera comenzó a la edad de 14, alentado por su madre para que pudiera pagarse la escuela. Terminó con su educación debidamente, e intentó convertirse en maestro.

“¡Pero estaba acostumbrado a la vida rápida!”

Se retiró de los clavados hace tres años, pero le gusta recordar lo bueno y lo malo de los viejos y las estrellas, Marlon Brando, Brigitte Bardot, Bob Hope, James Caan.

“¡Nos odiaban en Acapulco!”, recuerda con fervor. “Éramos mal vistos. Era envidia porque andaba con pura güera.”

Su carrera de clavadista en La Quebrada ha llevado a Toño, quien llegó aquí desde Michoacán cuando era un niño pequeño, a todas partes del mundo: Holanda, Portugal, España, Roma, Yugoslavia, Canadá, Estados Unidos.

Le dio savoir faire.

“Nos venían a buscar las extranjeras, era pura pachanga. Ya sabes, los mexicanos podemos ser presumidos. Algunas muchachas querían guías, nada más. Pero otras se prestaban para más.”

¿Entonces de verdad eran todos excelentes amantes? –pregunto.

La reputación del latin lover empezó aquí en Acapulco, en la playa, según me dice.

“Fueron mujeres de todo el mundo las que nos enseñaron. Mujeres que sabían hacer todo eso, y uno aprendía, más o menos.”

Toño hace un fascinante estudio del machismo costero, fanfarrón, atrevido y sorprendente, pero también amable y paternal, y dispuesto a reírse de sí mismo ¾siempre y cuando sea él quien hace las bromas.

Se ríe de sus propios esfuerzos por el estrellato.

“Una vez salí en un anuncio de champú en Italia, ¡pero me cambiaron la cara en el poster!”

La ha hecho de doble en películas, ganando hasta 7,000 dólares según recuerda en El coyote desplumado con “La India” María, en donde tuvo que hacer un mal clavado a propósito.

“En aquellos tiempos ¾sonríe¾ Mónico, Nacho y yo nos dividíamos el pastel… con las güeras y con las prietas…”, sigue parloteando mientras yo lo miro sobre el menú laminado.

Pero “El Profe” ¾la mayoría de los clavadistas son conocidos por sus amigos por un apodo, Nacho es “El Borrego”¾ está encarrerado: “Pregúntame más sobre La Quebrada y las estrellas”, me apremia. “He estado al lado de los presidentes de varios países.”

Le pregunto cómo era Bardot, al tiempo que llega mi plato.

“Era muy guapa. Llevaba una blusa con escote, transparente, ¡igual que tú!”

Volteo hacia abajo, perpleja, pues mi atuendo bastante conservador no encaja con su entusiasta descripción.

De repente, el apuesto y viejo macho se hace el indiferente, como si hubiera revelado demasiado fervor.

“Todo fue amistoso, no una verdadera relación.”

Luego me sonríe: “Pero sí me emocionaba cuando, como clavadista de La Quebrada, los artistas me pedían un autógrafo a mí”.

Tiene su orgullo ser el símbolo de la época de oro de la gran dama de los resorts turísticos de México, pero también detecto la sospecha de parte de estos galanes maduritos de que soy simplemente una comerciante de nostalgias, tratando de cerrar un capítulo y definir este vibrante mundo en un trillado resumen periodístico.

Como el tercero del terrible trío, Mónico Ramírez, se quejó más tarde conmigo cuando nos sentamos frente al dichosos aire acondicionado en las oficinas de la asociación de clavadistas: “Acapulco cambió mucho después de que mandaron el turismo a Cancún. Somos parte del símbolo del pasado de Acapulco”.

Pero se necesita más que presuntuosos destinos rivales para apagar el entusiasmo de Toño.

“¿Cuántos años te dije que tenía?”, dice irreverente mientras posa con esmero para una foto. “Soy un hijo de la chingada, te lo digo”, se vuelve a reír entre dientes, rehusándose a dejarme pagar la cuenta. “He sido un cabrón bien hecho.”

IV.

Elvira se ríe de mí mientras me devoro la sopa de mariscos en La Perla, uno de los grandes clubes nocturnos del puerto en sus años dorados y ahora, como el restaurante del Mirador, el lugar para cenar o tomarse unos tragos y ver el show de los clavadistas.

La atractiva mujer de 60 años ha tenido que rechazar a muchos acapulqueños en su larga carrera como mesera, incluyendo al gobernador Rubén Figueroa Figueroa, que en los setenta solía dejarle optimistas propinas de 100 dólares.

“Ya sabes cómo son los hombres, quieren a las mujeres bajo el zapato. Y probablemente los clavadistas tenían una doble vida, hacían dinero fácil.”

¿Fácil? ¿Aventarse desde esa altura a un charco de cuatro metros cubierto de piedras?

“Pero les gusta el riesgo, viven para eso.”

Las mujeres americanas les daban asilo, recuerda. “No eran hombres responsables”, me advierte. El legendario Raúl “Chupetas” García, que fue primero, era un niño de la calle. Su carrera duró cincuenta años y muchas mujeres, especialmente porque combinaba sus talentos deportivos con su puesto de gerente en el famoso Tequila A-Go-Go, la primera disco en Acapulco.

“Tenía un hijo con una americana. Comía aquí con su hijo”, recuerda con cariño. “Hablaba un inglés lírico y era muy enamorado, con su guayabera, los bolsillos llenos de notas. Tiene nietos en Estados Unidos.”

Pregunto por Ricardo Moreno, un clavadista encantador que se casó con una de las aventureras más grandes de México, Jaqueline Petit. Lejos de quedarse bajo el zapato de alguien, está mujer de origen, nacionalidad y edad inciertos hizo fama como la primera mujer que saltó 25 metros desde La Quebrada; fama y lana, porque fue por una apuesta de mil dólares con “Mr. Acapulco”, el playboy suizo Teddy Stauffer.

“Moreno era secretario general y cuatro veces campeón”, dice Elvira. “También ganaba mucho dinero, y se casó con una americana. Tienen hijos en Estados Unidos”, piensa Elvira. “Y luego se casó con una dentista de aquí. Debe tener como 60 años.”

Luego le pregunto por Nacho “El Borrego”.

“Conozco a su verdadera esposa”, confiesa Elvira misteriosamente. “Nacho tiene hijos en Estados Unidos, y otros de una generación diferente aquí.”

–¿Y Antonio Velázquez?

“Recuerdo que Toño era muy borracho. Luego se retiró, o se volvió maestro. Pero era muy guapo”, a Elvira le brillan los ojos. “Ismael Carrión, el anterior presidente también era apuesto, y joven”, su voz se vuelve un ronrroneo cariñoso.

V.

“Qué dijo ella de mí”, me pregunta Toño mientras sorbemos un refresco ¾no ha tomado en 29 años¾ en su cumpleaños número 60 (está más dispuesto a hacer confesiones sobre su edad y otras cosas).

Que eras guapo.

Sus cicatrices forman una sonrisa indecisa.

“Tenía el cuerpo medio chocantón. Era muy dado a las broncas, la cantina, los botellazos.”

Toño es el único que relata con franqueza el procedimiento mediante el cual las señoras americanas de mayor edad ¾algunas viudas, otras esposas desencantadas¾ buscaban y pagaban (dejando una propina en su maleta o su bolsillo) por la compañía de un clavadista. A menudo regresaban.

“Al principio me daba miedo. Luego me daba igual, se vuelve uno cínico.”

Una vez salió con dos ¾una cuyo marido estaba al tanto del acuerdo¾ pero entonces era diferente, se esfuerza por aclararlo.

“En ese tiempo no había perversidad.”

Una mujer quería casarse con él, le mandó su visa y redactó un contrato que incluía la herencia de parte de su negocio en Estados Unidos, pero él se echó para atrás. “No quería perder mi libertad.”

Además, su esposa estaba embarazada de su hija mayor.

“Quería quedarme a conocer mi sangre.”

Así que Toño se escapó de casarse con una de esas mujeronas, como él las llama, pero recuerda que un compañero se casó con una francesa; Uriel Navarrete se casó con Gloria, una inglesa; Arturo con una hawaiana, y Raúl García con una americana…

“La mayoría de nosotros conocíamos muchas mujeres, amigas, y se da cuenta cuando son más que amigas, ¿verdad?”

VI.

Estamos a un tiro de piedra de las oficinas de los Clavadistas Profesionales de la Quebrada, donde los jóvenes clavadistas del día están preparados para un partido de fútbol. Tienen un equipo llamado Clavadistas, y los veteranos van a echarles porras.

“Vamos a recordarle al árbitro su mamá”, dice el jovial Juan Obregón, campeón dos veces y “hace veinte kilos”, se ríe sobándose la panza.

“No había televisión en esos días”, me bromea.

Obregón, nacido en el Barrio Histórico, como la mayoría de los clavadistas de más de cincuenta de la Asociación, empezó a practicar a la edad de 12. Le llevó más tiempo que a sus colegas llegar a la cima, aventarse desde los 35 metros.

“De mi generación yo era el más cobarde, Cuando todos estaban saltando desde los 10 metros, yo seguía en los 5. Me decían gallina.”

¿Cuántas veces te has aventado desde lo más alto? –le pregunto.

“No tengo idea. Empiezas contando cada vez, pero luego se pierde la ilusión. Se vuelve cotidiano”, dice, serio durante medio segundo. “Así que si te doy una cifra en este momento, no sería verdadera. Sería falso. Mi novia dice que soy falso, pero mi esposa dice que soy recto”, se ríe para sí mismo, recordándome a Les Dawson, un clásico comediante de la clase trabajadora del norte de Inglaterra.

Obregón vivió en Kagoshima, Japón, durante seis meses, cuando un hombre de negocios tuvo la idea de llevar el espectáculo allá. Un diseñador de Disney construyó un árbol gigante de plástico y fibra de vidrio desde el que los clavadistas se lanzaban a una tina, instalada en la arena. Era un buen espectáculo, dice, pero nada puede ganarle a La Quebrada “por lo auténtico. Es salvaje, es artístico y nació en el corazón del nativo”.

¿Aprendiste a hablar japonés?

–Nada más aprendí a las japonesas –dice entre carcajadas de sus compañeros clavadistas, que están empezando a llenar la oficina luego del show de la 1 pm.

“¡Las japonesas siguen llorando por su latin boiler!”, se ríe, pero expresa su admiración por lo trabajadores y lo cuidadosos con el medio ambiente que son los japoneses.

En serio, ¿no tuviste una novia japonesa?

–No –contesta en un tono de voz tan determinante que me doy por vencida–. Ni una. En serio. Por lo menos ocho. Entonces me tenía que esconder. Tenía que tomar una ruta diferente al trabajo. Tenía que esconderme de las mujeres.

Hace falta imaginación después de 16 años, pero Obregón me recuerda que todos deseamos un poco de lo desconocido.

“Ya sabes cómo es. Llega un americano y mis vecinas quieren hacer amistad con él.”

Le preguntó si tiene hijos en Estados Unidos como algunos de sus contemporáneos y recibo la respuesta estándar: “Hijos no, no que yo sepa”. Pero sus compañeros empiezan a canturrear: “en Nueva York…”.

Obregón no se inmuta y continúa: “Cuando las turistas vienen a Acapulco, se quedan un tiempo. Es como el amor del estudiante. Y lo que pasa aquí, aquí se queda. Es muy difícil que trascienda”.

Parece grosero persuadir a semejante caballero para que diga más, pero de todas maneras lo hago.

“Si me preguntas digo ‘No, para nada’. ¡Y más si me pregunta mi esposa!”

¿Qué les gusta a las mujeres de los clavadistas?, le pregunto.

Juan no tiene dudas: “Primero es el físico, y después es su trabajo. Esto es cuando te das cuenta que la persona que te gusta es valiente, y su trabajo es conocido, y luego un poco la fama. A las chicas jóvenes les gusta decir: ‘Yo ando con un clavadista’”.

VII.

Consuelo, la secretaria, que pone el cerebro, el humor y la mitad del músculo detrás del espectáculo, gira los ojos frente a este despliegue de mujeriegos. Hace todavía más calor en la oficina con todas esas insinuaciones, pero cuando estoy por salir a las ardientes calles de las 3 pm, me pregunto cómo puede alguien incluso pensar en sexo en este horno.

Es “endemoniadamente caliente”, como escribió Cole Porter, uno de los famosos clientes del Mirador.

Hasta que veo a Víctor Lorenzo Álvarez, de 21 años, alto y con cara de niño, un poco como el joven Elvis pero no tan arrogante. Apenas lo justo.

Él y Genaro Sánchez, de 22, a quien he visto platicar con las pasajeras del crucero por las noches en bastante buen inglés, quiere saber de qué se trata tanto alboroto, pero se comportan con la torpeza de los adolescentes cuando trato de meterlos a la conversación.

“A veces invitamos a las extranjeras a nadar con nosotros, y luego ellas nos invitan a bailar”, dice Genaro. “Por lo que sabe”, todavía no tiene ningún hijo en Estados Unidos, sonríe, pero cuando Víctor le pica las costillas, admite que tiene un bebé, Oswaldo, aquí en su casa.

Me doy cuenta de que conozco al tío de Víctor, “El Cuchillo”, de la gran familia Álvarez, que está casado con una de las muchachas más bonitas del barrio, una de esas mujeres a la que uno voltea a ver de nuevo como tratando de descubrir su secreto. Está claro que los clavadistas se quedan con lo mejor cuando se trata de las novias locales.

Pero, como sucede con cualquier super héroe, alguien tiene que pagar las consecuencias por ser tan llamativo.

Mirna la viuda de don Raúl, guardó luto un año después de que él se muriera el 17 de julio de 2004 a la edad de 76 años.

Absolutamente todos en Acapulco recuerdan a don Raúl, como el mejor de los pícaros, un caballero que merece un busto en su honor, después de todo Tin Tan tiene uno en Caleta. Este clavadista, el padre profesional de Nacho, Toño y todos los que estoy viendo, le ha hecho incalculables favores a Acapulco, sellando sus vínculos con Hollywood, seduciendo a todas las estrellas con su carisma.

“Él nos abrió las puertas del mundo”, dice Toño.

Tratando de mantener la frente en alto por su propia cuenta, tomando clases de francés, enseñándoles a las escolares belleza e higiene, Mirna estaba próxima a las lágrimas, recordando cómo Raúl dejaba su ropa colgada de las manijas de las puertas, como conquistaba a la gente.

Sus padres no querían que se casara con “El Chupetas”, considerablemente mayor que ella, porque tenía fama de mujeriego.

“Pero yo era impulsiva”, y sabía lo que quería. “Era un hombre grande. Siempre quise uno así, era un verdadero hombre. Nunca visualicé su fama. Nada más me gustaba su manera de ser.”

VIII.

Lo digna y reservada que es Mirna me recuerdan la actitud de Nacho, a quien conocí por primera vez queriendo vengar a las mujeres mexicanas en contra de los insultos y la crudeza de Hollywood.

Parece que Nacho siempre ha sido un caballero, de acuerdo con una carta que recibí de Ainsley Jo Phillips, ahora en sus cincuentas, que se topó con su nombre en una pequeña reseña de viaje mía que se publicó en internet.

“Así que, eso pensé cuando empecé a leer tu artículo, Acapulco se ha convertido en otro ostentoso y sobrepoblado lugar.

”Quería recordarlo como era en 1966, cuando estuve ahí con mis padres y mis tíos. Esos recuerdos, incluido, entre otras cosas, un joven clavadista encantador llamado Ignacio Sánchez.”

Me mandó un link a una historia suya con el título “Sucedió al sur de la frontera en el verano de 1966” y el subtítulo “Yo tenía 13 y él 17, y ambos hablábamos distintas lenguas. Tal vez sólo fue amor de adolescentes, ¡pero yo lo sentí muy real!”

Terminó la comunicación: “Adiós. Si ves a Iggy, mándale mi cariño, y al menos una de las muchas flores de tu cuarto”.

Le expliqué a Nacho que esta mujer se refería a él como Iggy, y que, tristemente, mi cuarto no tenía flores.

“Pero en esos días todos tenían”, me dice Nacho. “Seguro se acuerda.”

Pusimos mi laptop en uno de los balcones planos de La Quebrada, llamados planchas, y le traduje la historia, frase por frase, al clavadista veterano. El se sentó ahí, moviendo la cabeza y susurrando. “Así es”, reverenciaba, mientras escuchaba la historia de la muchacha gringa que se enamoró de él en el verano, cómo la ayudó cuando se torció el tobillo, como en el Mirador no lo dejaban ir con ella y su familia, que querían hacerle una fiesta en su cuarto (“Es cierto, así era en esos tiempos”, dijo).

Pude sentir cómo bajaban las defensas de Nacho mientras recordaba qué clase de chico era, ferozmente honesto, cómo su madre murió cuando él tenía 3 años, que su papá se la vivía en los billares, y que lo mandaron a vivir con un tío. Pero cuando a los 10 años regresó a Acapulco, vio a su hermano Temo, entonces de 16, tirándose clavadaos, bajando los escalones con antorchas…

Le prometí mandarle su foto a Ainsly Jo, pues aunque no se acuerda tiene ganas de saber de ella, y su mensaje: “Pues quiero saludarla, qué gusto que se acuerde de mí. Que me mandé una foto de esos días y una de ahora”.

Así que al día siguiente, cuando voy a verlo practicar, lo estoy haciendo por ella, por mí y me doy cuenta poco a poco de que estoy siguiendo un camino que han recorrido muchas otras.

Saludo a Maura, su esposa, que lee su libro sobre una roca luego de dejar a su hijo en la escuela.

–¿Qué se siente estar casada con un famoso clavadista? –le grito en medio del ruido de las olas estrellándose en las piedras.

“Bueno es algo de lo que hay que estar orgullosa, ¿cierto?”, dice calurosamente. Maura es otra guapa porteña que puede deslumbrar con una sonrisa que desarma.

Me grita que Nacho va a lanzarse otra vez en diciembre en honor de la Virgen de Guadalupe, la patrona de los clavadistas.

La mayoría de ellos tienen una imagen en su casa, unos hasta una pequeña capilla, según me dijo Juan.

–¿No temes por él?

–Antes tenía miedo. Se me iba la sangre de las manos, y me sudaban.

Pero ahora piensa en la siguiente generación, Aristeo, de 7, que tiene fases en las que quiere ser un clavadista, o un motociclista, y su hija de 15, de una relación anterior, que solía pegárseles hasta que las necesidades de la escuela se volvieron más serias.

“Siempre estaba buscando un buen lugar desde dónde aventarse”, dice Maura mientras nos despedimos por ahora y acordamos platicar más el 11. También quiero platicar más con Víctor.

Barbara Kastelein escribe sobre viajes en México para The Herald, The Houston Chronicle, y The Times y The Sunday Express en Londres. Actualmente está escribiendo un libro sobre los clavadistas en La Quebrada, “Héroes del Pacífico.”